CURIOSIDADES
De padre surinamés y madre holandesa.
Su progenitor había jugado en un equipo de la antigua colonia
antes de cruzar el Atlántico en busca de una mejor vida.
Franklin Edmundo Rijkaard nació en Amsterdam el 30 de
septiembre de 1962 y a los 7 años dio sus primeros pasos en el mundo del
balón. Buitenveldert y DWS fueron sus primeros equipos, hasta que Leo
Beenhakker lo vio en acción a los 13 años. Se lo llevó al Ajax y, a los 18,
debutaba con el primer equipo.
Apareció en escena durante un Ajax-Go Ahead Eagles (4-2) de
la temporada 1980-81, sustituyendo al danés Soren Lerby y marcando un
gol, como los grandes. Fue un inicio prometedor, pues con el equipo de
Amsterdam estuvo ocho temporadas en las que cosechó siete títulos: tres
Ligas (1981-82, 1982-83 y 1984-85), tres Copas (1982-83, 1985-86 y 1986-
87) y una Recopa (1986-87).
Idolo indiscutible por aquel entonces, Rijkaard tuvo sus más y
sus menos con el entrenador del Ajax, Johan Cruyff. Las diferencias entre
ambos fueron insalvables y el jugador tuvo que dejar la disciplina del
equipo de Amsterdam.
Llegó a un acuerdo con el PSV Eindhoven, pero acabó firmando
por el Sporting de Lisboa, club con el que sólo jugó algún que otro partido
de carácter amistoso. Se armó un gran lío que finalizó con la cesión del
jugador al Zaragoza.
Finalizada la temporada 1987-88, el centrocampista holandés
fichó por el Milan. Allí, sin lugar a dudas, con sus compatriotas Marco van
Basten y Ruud Gullit, vivió una gloriosa etapa. Los títulos fueron cayendo
uno tras otro. Rijkaard fue decisivo en todas las coronas, especialmente en
la Copa de Europa 1989-90, decidida con un gol que llevó su firma. La
campaña anterior había ganado su primera Copa de Europa en el Camp Nou
(4-0 al Steaua).
Nuevamente, los problemas con el entrenador, ahora con Fabio
Capello, le animaron a dejar el Milan y regresar a casa. Frank, a quien el
técnico acusó de no darlo todo en el campo, se fue dejando un billete de
cien liras al entrenador y el siguiente mensaje: "Ya no robaré más al Milan".
El destino los volvió a cruzar en la final de la Champions 1994-95 y
Rijkaard saboreó el éxito gracias a un gol de un jovencísimo Kluivert.
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