| 'El Barça, para ganar, necesita jugar bien; el Madrid, no'. Esta frase tan categórica, escrita hace unos días por unos de los periodistas deportivos más reputados de este país y quizá de una visión demasiado amplia o simplista y a todas luces discutible, contiene sin embargo una verdad incontestable.
Presidentes de ego elefantíaco o la prensa más sectaria han revestido durante años al club blanco de una pátina de excelencia estética de la que ha carecido en sus últimos tres lustros y cuya coartada siempre han sido los títulos que, en una institución de tanta enjundia, siempre terminan por gotear dentro de la vitrina.
La ristra de entrenadores, tan dispares en libreto e ideario que oscilan desde la empalagosa propuesta de Valdano, la rigidez de Capello, la volatilidad de Heynckes, Hiddink o Queiroz, pasando por la extravagancia de Luxemburgo o la aquiescencia de Del Bosque hasta el fútbol control-tostón de Schuster -nadie me convencerá de que el alemán hilvanó un juego fluido en su etapa- y los parches volátiles de Juan Ramón López Caro o Juande Ramos, evidencia una falta de criterio desde el palco que tiene su origen en una pérdida irrefutable de identidad.
La salida del club de Lorenzo Sanz, expulsado con la octava Copa de Europa bajo el brazo, ejemplifica un cierto hastío de la racanería a la que ha acostumbrado el club a su afición. La época de Florentino Pérez al frente del Real Madrid fue engañosa. El famoso lema de los 'Zidanes y Pavones', en sus inicios un brillante ejercicio de ingeniería electoral, devino en pura propaganda mercantilista durante su mandato. El Madrid se convirtió en el club más reconocible del planeta por la nómina de estrellas que consiguió aglutinar en los álbumes de cromos, aunque su fútbol de alta escuela fuese más intermitente que admirable. Hace mucho que este deporte-cada-vez-menos-deporte pertenece casi exclusivamente al hincha desmedido, aquel del que parte el último y gran desembolso, y no al esteta, especie en extinción que sin renunciar a la mística tribal es capaz de disfrutar con el juego en sí e incluso -alucinen- aplaudir al rival sin reservas ni segundas intenciones. Florentino no creó una estética de juego, tan sólo un modelo de gestión que sacó al Madrid a la palestra global e hinchó el ya de por sí abultado ego madridista.
Calderón prometió mucho y apenas cumplió nada. Los futbolistas que antaño no hubiesen dudado ni lo más mínimo ante una llamada del Real Madrid para incorporarse a sus filas ahora se lo pensaban, se dejaban querer y ponían trabas al tiempo, jugaban al gato y ratón y finalmente permanecían en sus respectivos clubes. Un indicio inequívoco de la pérdida de peso en el contexto internacional. Para colmo, los dos títulos de Liga conquistados, fueron más celebrados por su épica que por su conservadora estética, propensa al bostezo y al resultadismo sin sonrojo.
¿A qué juega el Madrid?
A ganar. Ese siempre ha sido el objetivo desde que Bernabéu y Di Stéfano rescataron hace más de medio siglo a un club de medio pelo y lo profesionalizaron hasta el punto de convertirlo en el primer y gran referente del fútbol mundial. Excepto en el ego, el Madrid de hoy se parece poco a aquel, evoluciones temporales aparte.
Fluctúa demasiado a menudo el club merengue del tedio a la brillantez sin solución de continuidad. Es un equipo ciclotímico en su juego, pero que posee implícita la ceremonia del triunfo a toda costa.
Desde que los últimos miembros de la Quinta dieron sus últimos coletazos, el Madrid se ha despersonalizado. Curiosamente, esta despersonalización, esta pérdida de un patrón identitario desde hace prácticamente 15 años coincide con el ascenso y las conquistas de Raúl. En realidad, el Madrid ha sido y es Raúl y Rául ha sido y es el Madrid durante este período. Extraordinariamente competitivos casi siempre, con lagunas de profesionalidad (sí, Raúl las tuvo en sus inicios), toscos en muchas ocasiones, brillantes, que no excelsos, en momentos puntuales, y estéticamente discretos, Raúl y el Madrid han ido de la mano y se han retroalimentado durante estos quince años.
Esta simbiosis, extremadamente beneficiosa en materia de títulos, no lo será creo, a la hora de reencontrar un modelo al que aplicarse, una filosofía de club, una vez que el capitán se jubile, dentro de un par de temporadas. El Bernabéu siempre adoró a los futbolistas de pundonor, al estilo de Camacho o Juanito, pero los referentes, los que devolvían el dinero de la entrada al espectador sibarita, siempre fueron los talentosos y Raúl, pese a quien pese, no cabe en el panteón de la distinción futbolística.
La victoria por la victoria has sido la pauta inamovible o el faro único que ha guiado al Madrid y al propio Raúl durante toda su carrera desde su irrupción en el primer equipo. Dudo que sea una matriz definitoria para ambos, porque la esencia última de Raúl es el instinto de supervivencia y la estética madridista se constituyó en su leyenda a través del instinto de dominación sobre el rival. Dominio residente en la superioridad: técnica, física y también moral, fruto de disponer de los mejores bajo una bandera y una hoja de ruta.
La bandera se mantiene como la seña de identidad más reconocible. Camina el Madrid en cada competición portando siempre la enseña del triunfo. A veces lográndolo y a veces no; esto es fútbol y cabe la sorpresa y lo inesperado. Sin embargo, repasando la cosecha de trofeos, más que abundante, recogida durante este período - tres Copas de Europa, dos Copas Intercontinentales, una Supercopa de Europa, cinco Ligas y tres Supercopas de España-, muchos de ellos quedan cojos si hablamos de superioridad real, indiscutible e incontestable. Nadie niega su justicia, pero en ocasiones las victorias del Madrid quedaron desprovistas de autoridad; muchas veces por falta de estética (técnica o talento, individual y colectivo), física o moral.
Lo que ha variado en la mística merengue, en realidad, es la hoja de ruta. El destino era y es el triunfo, pero en los últimos tiempos al Bernabéu le importa un carajo que se sacrifique la estética y el disfrute del cada vez más hincha inmoderado y cada vez menos aficionado selectivo. El Madrid sobrevive ahora a través del triunfo, aunque haya que sacrificar el espectáculo. A Raúl no le quedaba otra opción. Es un superviviente. ¿Tiene otra vía el club blanco?
Sin duda, pero para ello debe recuperar la hoja de ruta original, un decálogo, si se quiere, que rehúse de plano la mediocridad estética, el golpe de riñón y el gozo estilístico ocasional; que rechace a los futbolistas de segunda fila y que además premie el talento y el compromiso de los elegidos. Que se ponga en manos de entrenadores que se adapten a esa liturgia, la acepten y se vean identificados con ella en lugar de hacer de su capa un sayo. Un plan serio que apueste de veras por la 'excelencia' en el juego, que evite que la cantera sea un florero y todo ello sin afanes electoralistas ni pretensiones empresariales. Que evite depender de la comparación para autoproclamarse el mejor.
Casi nada en estos tiempos de vértigo e intereses cruzados.
Ernesto Lancho
Periodista de Sportec
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